viernes 26 de junio de 2009

¡Estoy colgao!

Si ya me lo decía un amigo ciclista, al que suelo hacer mucho caso: “¡para ser IronMan hay que estar colgao!”.

Así que si os preguntáis por qué álguien genéticamente desgraciado se ha convertido en el diamante en bruto del swimbikeruneo español, tal vez sea ese el secreto de mi éxito:






No, no,... el hecho de que sean las cuatro de la mañana, y aproveche para saludaros mientras abren el gimnasio del hotel, no demuestra el agravamiento de mi situación. No es más que la suma de las dos naturalezas que me caracterizan, e intento llevar con la mayor dignidad posible. A día de hoy, la de JetLag-Man se ha empeñado en hacerme sufrir más que la otra.

Estoy en Edmonton. Sí, sí,... posiblemente la ciudad más próspera del mundo, pues no sólo se encuentra en Canadá -un grandísimo país, en todos los sentidos-, sino que está asentada sobre las segundas reservas petrolíferas más importantes del planeta (y ya era hora de que no sólo los impresentables que todos conocemos se forren por la suerte que han tenido al usar el Black & Decker,... los muy moros, el Chavez...). Aquí, de vez en cuando, el gobierno tiene el detalle de devolver a cada contribuyente todos los impuestos pagados,... como en España.

Mis clientes -y amigos- Monica y Chris me llevarán a mediodía a nadar. Como podéis suponer, Chris es jugador de hockey (todos lo son en Canadá), y Monica es runner (creo que ya os he contado alguna vez que cancela sus salidas a correr, con Dylan, su perro, cuando la temperatura baja de -25º C -o sea, un par de veces por semana-). Así que aprovecharé para entrenar mientras ellos hacen lo propio. El año pasado las pasé canutas conduciendo desde Calgary, en mayo,... ¡porque me cayó una nevada de cojones!

Tal vez os preguntéis cuál es el verdadero motivo de mi viaje. En realidad, encabezo una delegación para promocionar a Kayto de cara al IronMan que correrá aquí en agosto. La misión culminará en Ottawa, capital del país, donde intentaré convencer a Stephen Harper, primer ministro, para que sea él quien imponga la medalla de finisher a nuestro amigo. O sea, de igual a igual, que el protocolo existe por algo. Lo malo de la prueba es que tiene lugar en British Columbia (capital Vancouver), posiblemente la región más bonita de la tierra, por sus montañas, sus desniveles impresionantes, sus repechos rompepiernas, sus bajadas vertiginosas... -¡jeje, Kayto, el resto del país es plano y has tenido que irte a BC!-, así que lo único que me queda por hacer es emplear unos botes de spray en escribir su nombre a lo largo de los puertitos que con tanta expectación le esperan. Claro que en agosto ya se habrá borrado todo. ¡Envidia me das, cacho finisher!

Una vez conduje desde Seattle (Anatomía de Grey, USA), hasta Calgary (Alberta), atravesando British Columbia, y creo que no hay nada más recomendable, especialmente para aquellos, como yo, que pensamos que no existe paisaje perfecto sin montañas.

Por si fuera poco, el próximo invierno Vancouver será sede de los JJ.OO de invierno, así que tiene que estar impresionante.



"¡El tío de atrás no ve ná!"


Foto de 1984 -sí, sí, ya se había inventado la fotografía-, enviada ayer por mi amigo Roberto. No se permiten comentarios al respecto.

lunes 22 de junio de 2009

Nostalgia

Pues sí, llevo unas horas nostálgico.

No soy yo muy dado a mirar hacia atrás. De hecho, me cuesta poco pasar páginas y olvidar casi todo lo leído. Pero “casi” no es “todo”...

Ayer tocaban 80 km de ciclismo, más una transición de 45' de carrera. También paella en La Manga, en casa de mis suegros. Como alguien en casa me prohibió irme en bici, tal y como había hecho el fin de semana anterior -la prohibición no, lo de irme en bici-, decidí meter la cabra en el coche, salir desde casa de mis suegros, y tomar paella para merendar.

El itinerario consistió en ir a Cartagena, por Portman, y volver por el Mar Menor.
Entre Portman y Cartagena transcurrieron los primeros diecisiete años de mi vida.
Tras 25 km empecé a reconocer cada una de las colinas, riscos y peñas que me rodeaban: allí estaba el Monte de los Tres Pinos (así llamado por la presencia de “cuatro” grandes pinos), el Ojo del Moro, el Pico del Aguila (más conocido como Pico Cuadrao), y un largo etcétera, que nos acompañó durante toda nuestra infancia.
Al ver La Cantera, recuerdo cómo me refugié en ella un día de exámenes. Más pronto que tarde fui sorprendido por la Guardia Civil, quienes, al ver mi cartera del cole al hombro me preguntaron por mis extrañas intenciones: “he venido a buscar minerales para la clase de ciencias”, les contesté, a lo cual respondieron: “¡anda, Dovalico, y tira pal cole ahora mismo!”.

Pedaleo lento: el techo del campo de tiro al plato, donde ganaba 500 pesetas cada vez que me encargaba de cargar las máquinas lanzaplatos, sigue intacto; aquí estaba el jardín de infancia, con su piscina, parque infantil...; a mi derecha el instituto, ¿o era algo más allá? No quiero entrar en El Poblado, pero al llegar al cruce no puedo evitar girar a la derecha. ¿Por dónde era? No lo sé. Hace dos años pasé por aquí, y la casa de Cristina Pérez-Reverte (y su académico hermano), seguía en pie, pues al parecer un guarda la utilizaba como almacén. El bloque de chalets, hasta el de Tote, la niña más guapa del mundo, era la única prueba de que aquel lugar habia estado habitado no hace mucho tiempo.
Ya no quedaba nada, absolutamente nada. Ni la iglesia, ni el cine, ni los comercios, ni los excelentes centros educativos, ni los innumerables campos de deportes. Todo había sido arrasado, porque había dejado de ser un gasto deducible para Repsol, y estaba demasiado cerca de la refinería como para haber sido privatizado, aun por un valor simbólico.

Una antorcha ocupa el terreno de lo que debió ser la casa de Carlos. Unos tanques de gasolina cubren la habitación donde murió mi amigo Oscar, con sólo siete años. Una multitud de camiones está estacionada en lo que un día fuera la Ronda Oeste, mi calle. Algo me empuja hacia sus conductores, pero me resisto, porque de nada serviría. Me gustaría preguntarles si se imaginan cuánto amor, cuánta esperanza, cuánto dolor, o, en definitiva, cuántas vivencias se han sucedido bajo el lugar que ocupan las colillas de los cigarrillos que han fumado.
Apenas paso unos minutos allí. Lo que más duele no es la pérdida material, sino saber que aquellos cientos de personas que durante décadas compartieron la vida no han vuelto a verse desde entonces, más que por casualidad, pues no hay forma de volver a casa por Navidad.

A unos 5 km de allí continúa viviendo Miguel, uno de mis mejores amigos, a quien no he visto más que tres veces en los últimos 25 años. Debo estar algo afectado por la nostalgia, porque unos minutos más tarde me encuentro junto a su puerta. No está. Así que continúo con el entrenamiento del día.

Acabo de llegar a la oficina. Como de costumbre, he dedicado unos minutos a comprobar los mensajes recibidos en mis bandejas de correo. Enseguida leo la cabecera de uno de ellos: Roberto Domizi.

“¡Joder, no puede ser! Roberto, su hermano Claudio, y yo, fuimos tres de los once entrenadores de tenis que cursaron estudios, en Wimbledon, durante 1984/85. Los días de semana compartíamos las ocho horas de cursos, luego nos iríamos a la casa que compartíamos. Muchos fines de semana me invitaban a pasarlos en su casa, en Kettering, Northants, pues aunque descendientes de italianos, ambos habían nacido en Inglaterra. Dado que yo ya era entrenador titulado por la federación española, empecé a trabajar en el club por las noches, así como los fines de semana, lo cual hizo que compartiéramos algo menos de tiempo.

¡Desde julio de 1985 no había oído una sola palabra sobre ellos! Durante estos años he llegado a pasar por su ciudad varias veces, pero he sido incapaz de parar el coche. Fuimos tan amigos, que me resultaba difícil hacer una visita de cortesía.
Tal vez me equivoqué.

viernes 12 de junio de 2009

¡Auxilio!

No esperéis ninguna payasada en la entrada de esta semana.

En realidad, se trata de una llamada un tanto desesperada, para localizar a un colega triatleta que debe estar pasando un momento horrible, y tal vez me lea.
Pero permitidme contaros el origen de tan dramática situación:

Hace unas semanas, durante nuestro penúltimo encuentro, coincidimos en que había llegado el momento de afinar nuestros talentosos y relativamente maduros cuerpos. A estas alturas, ya resulta imposible conseguirlo con simple entrenamiento diario, es decir, que ambos debíamos hacer un sacrificio adicional, y seguir un estricto programa nutricional, o dietético.

Nuestro colega se puso en contacto con una empresa multinacional que proporciona programas para triatletas, con varios niveles de objetivo de pérdida de peso semanal, todos ellos saludables y avalados por miles de clientes. Decidió contratar el nivel 3kg/7 días, específico para nadadores.

La documentación, por su conveniencia, le sería entregada en el aparcamiento de la playa del Entremares, en La Manga. Tras unos minutos de presentación y cortesía, apareció la nadadora de la fotografía inferior, portando un cartel en el cual se leía: “¡si me pillas,... soy tuya!”.



Heather Mitts, olympic swimmer

Después de dos horas y media desistió, pero apenas pudo dormir pensando en la nueva oportunidad que le esperaría tan sólo unas horas más tarde.

Me llamó a diario. Estaba entusiasmado, sobre todo cuando comprobó que había perdido 4 kg, y se encontraba fuerte como nunca. Así que decidió contratar una semana más, pero aún más ambicioso: el plan 5kg/7.

El lunes a las 9 am alguien llamó a su puerta. Allí se encontraba una nueva tentación, junto a su bicicleta de contrarreloj, y el mismo cartel: “¡si me pillas,... soy tuya!”.


Victoria Pendleton, olympic cyclist

¡Qué nivel, Mabel! Tampoco consiguió alcanzarla, pero nunca perdió la esperanza. Además, sus sensaciones -así como la vista-, sobre la bicicleta eran espectaculares.

Al final de la semana había perdido 6 kilos más. Cuando lo vi apenas podía creerlo -y yo pesando lo mismo que antes de nuestro reto-.

Me aseguró que iba a pedir el Programa Platino, tan caro, que probablemente incluía algún otro servicio especial.


No sé nada de él desde entonces, pero, dada mi preocupación, me he puesto en contacto con la empresa y he exigido que me dieran detalles sobre este último tratamiento.




Al parecer, el objetivo es el mismo, pero debió sentirse aterrorizado cuando abrio la puerta al individuo de la fotografía, el cual portaba un cartel en el que se podía leer: “¡si te pillo,... eres mío!".


Por favor, si lees estas líneas, te aseguro que el servicio ya está anulado. Debes volver a casa cuanto antes. Tus padres están desolados. ¡Animo, campeón, si tropezaste y te agarró, pronto lo olvidarás!