martes, 30 de diciembre de 2008

Los Reyes, o Santa Claus

P.D.: El fotógrafo, deprimido, se quitó la vida unos meses más tarde...

lunes, 22 de diciembre de 2008

Hasta el Vir. 2 de Eneko, de 2009


¡¡¡Muchas felicidades a todos!!!

viernes, 19 de diciembre de 2008

Aprendiendo a ser IM, III


E-mail recibido en mayo de 2000:

"Buenas tardes, joven. Te comunico que el próximo mes de junio, en fechas aún no determinadas con exactitud, pero que muy bien podría ser a partir del día 1, emprenderemos la marcha hacia Los Pirineos para estar cuatro días y tres noches por los altos. El plan es llegar a Ordesa, subir por... (sic). La cordada estará formada por: yo -tu tío-, Rubén –tu primo-, y mi amigo Eduardo."

Respuesta: "A pesar de la compañía, el entorno merecerá la pena. ¿Quién será el jefe de la expedición?".

El autor, el tito Elías, y el primo Rubén

Me hace ilusión formar parte de una cordada, por primera vez. El objetivo: el Monte Perdido. No es técnicamente complicado, pero implica una buena dosis de resistencia,... y precaución, como siempre.

Quedamos citados, en Salou, el primero de junio de 2000.

Recuerdo cómo me impactó mi primera ascensión, en teleférico, a la Aiguille du Midi, en el Macizo del Mont Blanc.

La Aiguille du Midi (cafetería en la cumbre)

Mis padres me llevaron. Yo tenía nueve años, y desde entonces cada una de aquellas imágenes, mezcla de frío, vértigo y belleza, quedarían grabadas en mi memoria: una cafetería a 3.800 m, cuya ascensión supera los 2.800 m de desnivel, desde Chamonix; un mirador justo enfrente del Mont Blanc, con vistas a casi todas las míticas cimas de los Alpes, sobre cuyos nombres e historias me había instruido mi padre: el Cervino, el Monte Rosa, el Maudit, los Grandes Jurasses... .

La vertiente Brenva del Mont Blanc, desde la Aiguille verte

Mi admiración por aquellos alpinistas me impulsaba a soñar con intentarlo alguna vez. Durante los siguientes 20 años volví a tomar el teleférico de los sueños en varias ocasiones. Las mismas emociones retornaban una y otra vez. ¿Por qué ellos sí, y yo no? ¿Qué requisitos son necesarios para disfrutar del paraíso en vida? ¿Dónde se estudia alpinismo?

Jon Krakauer tuvo la culpa. Las sinopsis de su libro "Into thin air. Everest 1996", y la casualidad de encontrarlo en un aeropuerto cualquiera fueron el detonante. Tras iniciar su lectura en una sala de espera, doblé una esquina de la página, cerré el libro, me incorporé, busqué la papelera más cercana, me dirigí hasta ella, saqué mi paquete de cigarrillos del bolsillo, y lo encesté. La montaña me llamaba, y ya había escuchado su señal. Al día siguiente busqué rocódromos en cada una de mis ciudades: Bruselas, Varsovia, y Praga. También compré todos los libros sobre técnica, nudos, orientación, etc. que encontré, así como parte del material necesario.

Llegué a Salou el día anterior a nuestra cita. Revisamos el material, ultimamos detalles y nos acostamos pronto, pues debíamos encontrarnos con Eduardo sobre las cinco de la mañana. Iríamos en mi todo terreno (donde solía llevar toneladas de equipo de montaña, una bicicleta TT; así como mis muestras de azulejos TAU CERAMICA, y un portatrajes, con el fin de poder financiar tanta devoción).

El "Michubichi" montañero

Conozco al último miembro del equipo y nos apresuramos para salir hacia el Pirineo. Vaya,... el coche no arranca. Empezamos bien. Es demasiado temprano y no hay ningún taller abierto. A las 8 a.m. conseguimos hablar con la Michubichi, nos dicen que al coche se le debe haber descodificado la llave, mandan a un técnico y asunto solucionado. Está en garantía, pero hemos perdido cuatro horas.

Cambio de planes. Ya no tenemos prisa: llegaremos al aparcamiento de Ordesa y ascenderemos hasta el refugio de Goritz, a 2.160 m. La aproximación, más que preciosa, es acojonante. Sobre las 8 p.m. estamos allí. Habíamos querido evitar las aglomeraciones de julio y agosto. A pesar de ser 1 de junio, el refugio estaba abarrotado. Aunque llevábamos una tienda, la Guardia Civil pasaba por allí constantemente y prohibía acampar. Más tarde descubriría los problemas del montañismo en grupo: ¡otiá, deja ya de roncar!¡que yo no soy, tío!¡Caguentó, callarse ya! Total, que nos hartamos y nos fuimos a dormir al hotel de las mil y una estrellas –yo con mi inexpugnable funda de vivac de triple Gore-Tex-.

Perdonen que no me levante

Sobre las 6 a.m. desayunamos. Dejamos parte de los equipos en las taquillas y nos vamos para arriba. El día es magnífico,... hasta que pasamos la figurada barrera de los 3.000 metros, justo entre dos de las Tres Sorores: el Cilindro de Marboré (3,328 m) y el Monte Perdido (3359 m). Tras aprovechar para comer, nos calzamos los crampones, ya que aún está muy cargadito de nieve y hielo, y nos disponemos a buscar la arista cimera, momento en el cual Eduardo –experimentado montañero- se empecina en que está a punto de caer un tormentón y debemos dar la vuelta e iniciar la bajada hasta el refugio. En mi modesta opinión, siempre se debe hacer caso al más prudente. Además, por muchos soles que ponga el hombre del tiempo, en los macizos montañosos, especialmente en verano, por la tarde, se forman tormentas eléctricas en unos minutos, y luego pasa lo que pasa. ¡Tos pabajo! (recuerdo esperas interminables, sentado sobre una mochila aislante, alejado de la pared, y con todo mi material metálico depositado a muchos metros de mí: con los rayos no se juega).

Con mal sabor de boca, pero aún disfrutando, bajamos hasta Goritz. Tomamos unas cervecitas –los más mariquitas, sin alcohol-, cenamos, preparamos nuestras verdes moradas, un pis, y a dormir.

Al día siguiente descendimos hasta el aparcamiento, de nuevo disfrutando de los inmensos valles pirenaicos. Una vez en el coche, nos pusimos cómodos, guardamos la basura, con el fin de tirarla en un contenedor bien grande, y bien lejos del monte, y nos pusimos en marcha. Paramos a comer, y unas horas más tarde estábamos de nuevo en Salou. Me equivoqué: la compañía, inmejorable, y Pirineos, una maravilla.

Con mis tíos me encuentro como en casa. Unas horas después de nuestro regreso ya estaba relajado, tomando cervecitas y contando anécdotas del viaje. Lo extraño es que algo seguía acosando mis oídos. Eran señales, como canto de sirenas, o más bien Yetis. Me estaba agobiando un poco.

-Tíos, me voy
-¿Cómo que te vas? ¿Y dónde te vas?
-Pal monte
-¿Es que se te ha olvidado algo?
-Sí,... ¡tengo que subir el Mont Blanc en verano!


Gaston Rebufat, haciendo de las suyas, frente al Mont Blanc

Seguía con síndrome de abstinencia. No era por no haber hecho cima. Tal vez fuera por los miles de estudiantes en viaje de fin de curso que habíamos encontrado en Ordesa. Quería sentir frío en la nariz. Quería glaciares. Quería disfrutar de la soledad, aún más cerca del cielo...

Ya en Francia, paré a dormir, aunque no mucho. Ella me estaba esperando, de nuevo, tan inmaculada y tan bella como siempre.

Sobre las 2 p.m. llegué a Chamonix. Como tenía la tienda que habíamos llevado a Pirineos, me registré en un camping y la monté. Después di un paseo hasta el pueblo, a fin de comprar cervezas, y averiguar algo sobre el pronóstico del tiempo para toda la semana. Luego decidiría cuántos días descansar antes de subir.
¡Maldita sea! borrasca dentro de dos días. Se esperan vientos huracanados, lluvia, y nieve en las alturas...

... Cojo la mochila de ataque, introduzco unas barritas energéticas, algo de abrigo adicional, una pequeña cuerda para autorrescates imposibles, y una botella grande de agua. Me visto de guerrillero, arnés incluido, para no poner las cosas difíciles a nadie en caso de emergencia, y cuelgo una isotónica a la mochila. Después me dirijo a la estación de tren.

El Mont Blanc (4.810 m.) es una gran montaña. De hecho, desde su base, hasta la cima, es más alta que el Monte Everest. Por supuesto que la altitud sobre el nivel del mar hace que ambas montañas sean incomparables, debido al clima extremo, la escasez de oxigeno, y la práctica imposibilidad de ser rescatado a más de 6.000 metros. La ascensión a la cima, por la Vía Normal, no presenta apenas dificultades, aunque un brusco cambio del tiempo, o una imprudencia, pueden convertir la aventura en un infierno. No es apta para novatos, aunque no es necesario ser un experto. En mi opinión, subir y bajar en un solo día podría compararse con el esfuerzo realizado para terminar un IRONMAN de los más duros, en menos de 10 horas. Claro que yendo tan rápido resultaría extremadamente peligroso. Una ascensión en dos jornadas podría compararse con un maratón. Por lo tanto, no está ni mucho menos indicado para personas mal entrenadas, pero puede ser asumido por cualquier amante de la montaña, en buenas condiciones físicas.

La mejor forma de trasladarse desde Chamonix hasta el sendero que conduce a la vía normal es mediante el tren de cremallera que llega al Nid d’Aigle. Desde allí, una buena senda, de unos 20 km. asciende hasta el refugio Tete Rousse (3.167 m).

El vagón está lleno de montañeros. Aunque no son colegiales en viaje de fin de curso, decido no seguirlos. Unos kilómetros más tarde, me dispongo a subir por el Glacier Bionnassay: ¡Que empiece el show! La ascensión es alpina, y ¡ya tengo la nariz fría!

He tardado hasta el refugio al menos tres horas más que si hubiera ido junto al resto de los colegas –unas siete-, pero ya estoy aquí. Está lleno, pero me dejan dormir debajo de una mesa. El único inconveniente es que tengo que esperar hasta que todos se acuesten.

Frente a la Aiguille de Gouter, 800 m de trepe y caídas de piedras

No me preocupa, pues quiero dividir la ascensión en dos días, con el fin de recuperarme de los últimos cinco días de esfuerzo y kilómetros de coche. Esta gente querrá levantarse pronto, ya que el corredor situado junto a la arista que sube la Aiguille du Gouter se convierte en una ducha de piedras a medida que suben la gente y la temperatura.
La gente es muy desconsiderada y, una vez despierta, no respeta el sueño de los demás (¡Dios, cómo echo de menos mis solitarias ascensiones invernales!), en virtud de lo cual, decido desayunar, prepararme y salir a echar un vistazo, antes de tomar decisiones. Son las 4 a.m.

Ya se ven hileras de luces frontales a lo largo de la arista, así que decido poner manos a la obra antes de que suban las temperaturas y las piedras se vayan soltando con más facilidad. Recojo mis cosas, enciendo el frontal, y, muy especialmente, me pongo el casco.


Desde el refugio hasta la arista hay que subir unos 200 m, en diagonal, a través del glaciar Tette Rousse. No es necesario tomar muchas precauciones, simplemente pasar rápido los grandes corredores, pues si te cae una gran piedra desde 700 m. de altura poco puedes hacer. Son como misiles. De noche, incluso saltan chispas cuando van impactando otras rocas de camino al llano más próximo. Una de ellas decidió parar con mi pierna. Afortunadamente no estaba apoyada, así que me dio un hostión, pero no llegó a mayores.

Media hora más tarde ya estaba subiendo la Aiguille du Gouter. Se trata de una de las partes más "técnicas" de la ascensión, ya que es todo roca, con un desnivel de 800 m., sólo trepar, excepto algunas placas más complicadas, donde se encuentran ayudas artificiales, como cadenas, o estacas de acero. En una de ellas tuve un encuentro con un guía.

Aiguille du Gouter, después de hacer amistad con el guía (abajo, el Glacier Bionnassay).

Los guías de Chamonix son legendarios, tanto, que creen que las montañas les pertenecen, así que solamente ellos, y quienquiera que les pague, tienen derecho a disfrutar. Encontrarse con un listo que se adentra solo en sus dominios es una provocación que no puede salir gratis. En esta ocasión, dejé que su cliente, encordado a él, me adelantara tranquilamente. Lógicamente, enseguida le tocó encontrarse cara a cara conmigo, le saludé, e hizo como que me ignoraba, aunque no fue así. El muy hijo de puta me dio un punterazo en pleno empeine que casi me hizo perder el conocimiento –lo cual habría resultado fatal en aquel preciso lugar-. Este pardillo de ciudad se cree que se ha ahorrado el sueldo de su guía, pero se va a enterar cuando tenga que pagar la factura del rescate aéreo, debió pensar.
Espero unos minutos apoyado contra la pared de roca, luego intento mover el pie en pequeños círculos. Bien, parece ser que la caña alta de la bota ha absorbido parte de la fuerza de la patada y no ha dañado ningún hueso.

El refugio Gouter, a la izquierda -parecen rocas-, sobre la aguja.

Sobre las 9 a.m. ya estoy en el refugio Gouter (3.835 m.), justo en la cima de la aguja. Vuelvo a desayunar. Luego salgo al exterior a ver las condiciones de la cima, y tomar las consiguientes decisiones.¡Uufff! ya se puede ver volar la nieve arrastrada por la ventisca. Consecuencia: ya descansaré mañana.
Desde aquí hasta la cima se trata de andar cuesta arriba por nieve (unos 1.000 m. de desnivel).

La Dome du Gouter

Las magnitudes son enormes. Tardo un par de horas en cruzar la espalda de nieve y el glaciar de la Dome du Gouter (con 500 m. de subida), una colina redondita a medio camino de la cima. Ya me cruzo con mucha gente: unos retornan de la cumbre, otros han decidido darse la vuelta, pues la ventisca arrecia. Como soy muy precavido, paso a ver en que condiciones se encuentra el refugio Vallot (4.362 m.). Se trata de una pequeña cabaña, en forma de sauna, que tiene el orgullo de ser la construcción más alta de Europa, y de haber salvado miles de vidas. Una pareja de montañeros descansa en su interior.

Sobre la Dome, luego se desciende algo, y para arriba

Desde Vallot hay que bajar unos cientos de metros y desviarse bastante hacia la derecha, con el fin de iniciar la última subida, por Les Bosses. Me cruzo con un único montañero que desciende, y le pregunto por las condiciones que ha encontrado. No responde nada. No hace ningún gesto. Parece un zombie.

Continúo por la arista, cada vez más estrecha e inclinada. El viento me hace perder la posición en dos ocasiones.

Gran huella, en la arista Les Bosses (no soy yo, pero se ve bien la zona rocosa que me salvó de volar con Alitalia)

Dos lomas de nieve me preceden, son las Bosses (4.547 m.), nada que ver con Bruce Springsteen. No hay más que seguir la huella marcada por las decenas de montañeros que han hecho cima durante estos días de buen tiempo. Llego a la Tournette (4.677 m.). La arista es afiladísma, y el viento, huracanado. Pruebo a sentarme en el suelo, a fin de comprobar si la fuerza del viento seguía siendo insoportable. Grave error: en cuanto el pantalón liso contacta con el hielo, la fuerza del viento me dispara contra las únicas rocas que habían a mi derecha. No ha sido nada, pero permanezco inerte, al menos hasta que mis pulsaciones bajan de doscientas. Avanzo unos pasos más. Ahora la arista es tan aérea, que un montañero solitario sólo podría cruzarla con un pie en Francia, y el otro en Italia, es decir, que se trata de una frontera cojonuda (por cierto, cubiertos por el mismo liso pantalón que hace unos momentos me había querido enviar a Italia). La caída sería de más de 3.000 metros. Suponiendo que consiguiera cruzar, un paseo de trescientos metros me dejaría volver a ver esa vista tan extraña, cuyos horizontes se encuentran todos más abajo. Después debería volver a cruzar la arista. Creo que hasta dejé caer alguna lágrima. Orgulloso de mi decisión, giré sobre mis pasos, e inicié el descenso. Sin bajar la guardia.

Punto de retorno, en Les Bosses, a unos pasos de la cima

Cuatro horas más tarde, sin prisas, vuelvo a encontrarme en el refugio Gouter, donde paso la noche.

Por la mañana, después de desayunar, continúo descendiendo. Ponerme las botas es un suplicio, pues se me ha hinchado el pie, victima del encuentro con el puto guía. Si salvar 800 metros de desnivel trepando puede resultar pesado, descenderlos, mientras nieva, no tiene ninguna gracia, especialmente porque no ves donde conviene pisar. El tiempo es tan malo que ya no sube nadie, y somos muy pocos los que descendemos.

Al pie de la Aiguille du Gouter toca dirigirse hacia la senda que lleva hasta la estación del tren de cremallera. Me encuentro con un dilema: tomar un sendero, durante 20 km., con botas de alta montaña, y un pie que grita socorro; o volver al glaciar y descender por nieve y hielo.

El glaciar está peligroso. Estos días ha hecho calor, por lo cual, dos mil metros más abajo de la cumbre, los puentes de las grietas se han abierto.


Eso no es negativo, ya que permite ver por dónde conviene no pasar. Lo malo es que la nevada estaba volviendo a ocultar las grietas, por supuesto, sin la capacidad de soportar el peso de una persona. El camino se hace largo, pues hay que andar en zig-zag, sorteando grietas.

Llego a una zona llana, sin peligro aparente, aunque sigo tanteando con el palo antes de dar pasos en falso. Un momento de descuido y siento cómo mi pie atraviesa una fina capa de nieve y toca el vacío. ¡Hostiás, tío! Pierdo el equilibrio. Voy a empezar a caer. Consigo flexionar la pierna que aún toca suelo firme y la extiendo con todas mis fuerzas, como intentando saltar un vacío de indeterminada longitud. ... También se hunde. ... Se acabó. Joder, tío. Vaya mierda ¿no? Aunque no muera en la caída, jamás podré salir de aquí sin ayuda. Sólo llevo un piolet. Bueno, qué más da, estas grietas pueden tener cientos de metros de profundidad. Lo he pasado bien. He sido feliz...

¡¡¡Ja, ja, ja, ja, ja...!!! ¡Tengo ambos pies en el vacío, pero estoy sentado! ¡Esto no estaba en el guión, pero bienvenido sea! ¡Han sido ellos, mis cuatro evangelistas: Pablo, Juan, Jorge & Ringo!

Dedico unos minutos a decidir la mejor dirección de salida, así como a volver a dejar bajar las pulsaciones hasta un nivel relativamente humano. He perdido un palo en "la caída", pero utilizo el otro para asegurarme de que el siguiente apoyo va a ser seguro. Sigo utilizando técnicas de equitación, a caballito sobre el "puente de Ramón", mi puente. He tenido bastante. Salgo del glaciar y atravieso la morrena, en dirección a la estación de tren. El pie me duele mucho, aunque no horrores, pues el horror es otra cosa, muy diferente y muy reciente.

Tercer horror del día: ¡en la estación no tienen cerveza! Pues entonces me voy. Y juro no volver a pisar una montaña... al menos hasta el próximo fin de semana.



jueves, 11 de diciembre de 2008

UN TIPO casi DURO

Basada en un hecho histórico. Todos los personajes son reales. Cualquier parecido con la realidad es un acierto. Lectura sin interés, que requiere tiempo y paciencia. No hay deporte implícito, sólo vicio.


No siempre fue el más odiado por cronometradores y voluntarios. Llegó tarde a su nacimiento, y ya no supo ponerse al día. Al menos hasta que Philippos XXL le permitió dejar la familia. "Muchacho, marcha con mi bendición, pero no pretendas cobrar los honorarios que te prometí; somos amigos ¿no es cierto?", fueron sus últimas palabras.

Philippos XXL era un hombre a respetar, aunque en sentido figurado. Se decía que algunas personas que se habían cruzado en su camino no habían intentado acabar con él. Ramón era una de ellas. Philippos había heredado las malas maneras de su padre, además de sus yates, mansiones y coristas. Decían las malas lenguas que tenía dos helicópteros porque no cabía en uno sólo.

Un día cualquiera, en Atenas, Ramón esperaba ser presentado al cappo, más conocido como "il cappo di tutti cappi". La espera casi hizo coincidir su incorporación con su jubilación. Finalmente, la enorme puerta se abrió, cual sésamo, permitiendo mostrar toneladas de carísima extravagancia, al menos hasta que todo quedó oculto tras una imponente silueta que se aproximaba. Puede que dirigir sus negocios en Chile no sea como mover la cereza del Martini Dry, pero me compadezco de los gorilas de su escolta; proteger semejante mole se me hace tarea imposible, pensó Ramón.

-Llegas tarde, Juanito. Dijo babeando mientras golpeaba su hombro.
-Encantado de conocerle. Mi nombre es Ramón.
-Eso era antes. Tengo un equipo de fútbol. El entrenador se llama Juan Ramón Rocha. Le llamo Juanito. Así que tú también serás Juanito, "EL MEXICANO".
-Fui contratado para desplazarme a Chile, ¿ha habido cambio de planes?
-Preguntas mucho, muchacho. Mañana sales para México, y ahora vendrás conmigo.
-Perdón, debo volver a Madrid, al menos a por mi equipaje.
-No vuelvas a hablarme de operaciones. Sólo quiero conocer
conclusiones.

El gordo conducía su interminable limusina. Ramón ocupaba el asiento del acompañante, preocupado por las manchas que los desperdicios de una pizza, patatas fritas y cacahuetes pudieran causar en su flamante traje. Un Mercedes S Class los seguía a sólo unos centímetros de distancia. Ambos autos se detuvieron, Philippos abrió la guantera, en la que asomaba una Colt 35, sacó un bolso de mano, cuya cremallera permanecía abierta, y lo entregó a Ramón sin mediar palabra. Maldita sea, por estos miles de dólares podría ser asesinado de muerte natural, pensó Ramón.

"Kirio Philippo, kirio Philippo, kirio Philippo...", repetía cada uno de los sirvientes de aquel garito, frente a la Acrópolis, mientras inclinaban sus cabezas a su paso. Por descontado, XXL no saludaba a nadie.

El sudor delataba el nerviosismo del propietario, mientras esperaba la comanda del jefe. Tras consumir un primer plato, XXL se incorpora sin necesidad de ayuda y se dirige al WC. Media hora más tarde Ramón se acerca a la ventana y comprueba que ambos autos han desaparecido. El bolso permanece sobre la mesa...

¿Desde cuándo, maldita sea, esta gente utiliza head-hunters para seleccionar personal? ¿Cómo han podido caer tan alto? ¿Por eso pagan tan bien? Pensó Ramón, preguntándose por el devenir de los acontecimientos. Entonces pidió la cuenta, pagó con su propia tarjeta, agarró el bolso, como si de su propia vida se tratara, y tomó un taxi hasta el edificio propiedad de XXL.
No podía entender por qué el maldito taxista paraba e intercambiaba pasajeros continuamente, ni la razón por la cual nadie apartaba los ojos del condenado Louis Vuitton.
Philippos no estaba en su guarida. Frecuentaba burdeles con moderación. El resto de las ocasiones, las fulanas se dirigían a una suite del hotel de su propiedad, donde también Ramón se hospedaba.
Desde el primer día Ramón entabló amistad con la secretaria del jefe. Entre tanto matón, parecía una criatura sencilla y conmovedora que hacía alientar fe en la especie humana. Aunque, en el fondo, no era más que otra muñeca de ojos achinados cuyo marido necesitaba grandes dosis de calcio para sus cuernos. Ramón había pasado seis horas esperando ser recibido, y ya llevaba otras cuatro aguardando el regreso del jefe para devolverle personalmente su preciada pertenencia. Fue entonces cuando conoció a Michalopoulos, del que sólo sabía que, entre cigarrillo y cigarrillo, aprovechaba para fumar:
-Muchacho, tú debes ser Juanito ¿me eqivoco?
-No, digo..., sí..., no, no es así; mi nombre es Ramón Doval.
-Pues para mí como si te llamas Oliver Twist. Eres demasiado joven para trabajar con nosotros.
-Ese no es mi problema.Ustedes seleccionen a quien quieran, pero a mí no me dejen tirado en México, que se supone que salgo mañana para allá.
-¡Ah, demonios, tú eres el mexicano! ¡Qué torpeza la mía! Te había confundido con otro tipo. Bueno, creo que tienes algo que no te pertenece ¿no lo habrás tocado?
-Se vuelve a equivocar, amigo. Si fuera un ladrón, no estaríamos hablando de unos miles de dólares.

Ramón miró a la joven muchacha, buscando un gesto de duda, o aprobación, en su rostro, y finalmente entregó el bolso al lugarteniente de XXL. Seis días más tarde, partiría hacia México, vía Madrid. A su llegada, negociaría un buen precio para una larga estancia en un hotel. Después buscaría una oficina apropiada donde llevar a cabo los planes de su jefe. Unas horas más tarde, recibió una llamada telefónica: "¡Juanito, ven!". Fue todo. Seguidamente llamó a Atenas y habló con la joven secretaria:

-Hola Danai, me acaba de llamar el jefe pidiéndome que vuelva a Atenas, ¿sabes algo de esto?
-No, no sé nada del tema, pero más te vale coger el primer avión. ¿Quieres que pase a recogerte?
-¡Diablos! Pero,... ¿he cometido algún error? ¿Sabes de algún posible motivo? Además, ¡son las cuatro de la mañana!


Treinta horas más tarde, sobre las 21 horas, Ramón se encontraba de nuevo en Atenas, con un maletín y una muda como único equipaje. Tras dirigirse al hotel del jefe, una habitación esperaba a su nombre. Unas horas después recibe una llamada de teléfono: "Juanito, baja". Nervioso, a punto está de rebanarse la yugular con la maquinilla de rasurar; una ducha de un minuto; un salto dentro de su único traje disponible;... y abajo en cinco minutos.

Dos horas después, ambos se encuentran en el hall. Al gordo le acompaña una de sus hijas. Después entrega su bolso a Ramón, y se dirigen a la limusina. Esta vez conduce un choffeur. El segundo coche les precede.

Tras varios kilómetros se detienen en el club náutico del Pireo. Allí, XXL muestra a Ramón su nuevo barco para pescar. Se trata de un yate sobre cuya cubierta se podrían ubicar dos pistas de tenis. Después visitan el barco de recreo, muy similar al anterior. Finalmente abordan un tercero, de unos 60 metros de eslora, mucho más lujoso que los dos precedentes. Un helicóptero está dispuesto a popa.

-¿Te gusta mi nuevo yate, Juanito?
-Impresionante, Philippo, tienes un gusto excelente.
-¿Te gusta mi nuevo yate, Juanito?
-Evidentemente, es una maravilla.
-¿Te gusta mi nuevo yate, Juanito?...
A philippos XXL le gustaba repetir las frases una y otra vez.

Media hora más tarde tres vehículos Mercedes-Benz se aproximan al embarcadero. Una vez se encuentran junto a la limusina de Philippos dan marcha atrás y desaparecen por el mismo camino.

Dos horas más de tediosa espera y otros tres vehículos se aproximan. Esta vez se trata de tres limusinas. De la intermedia desciende un tipo joven, de unos veinticinco años, que competía en belleza con Philippos: grueso como un hipopótamo, y mal rasurado, cuyo graso cabello acababa en una larga cola de caballo. Seguro que cuando nació, su madre presentó cargos contra él, por si acaso. De los autos en ambos extremos descienden ocho gorilas que rápidamente rodean al joven. Finalmente, un hombre maduro, y cinco muñecas que acompañan al tipo, también se apean.

Todos van tomando asiento a lo largo de las amplias terrazas de una de las cubiertas del barco, aún inerte. Un nuevo vehículo estaciona frente a la popa. Se trata del alcalde de la ciudad, acompañado por su joven y bella esposa. La tripulación inicia las maniobras pertinentes y el barco zarpa, con destino a varias islas griegas.

Una vez en alta mar, ocho de los invitados buscan aposento junto a la tripulación. Se trata de tipos que podrían matarte por no ver motivos para dejarte vivir. Ramón comparte camarote con el hombre maduro, quien más tarde se identificaría como Gennadi Gurunov, presidente de un banco privado ruso, financiador de los caprichos del hipopótamo estepario.

Durante la primera etapa del crucero Ramón entabla conversación con el alcalde y su encantadora esposa. Forman una pareja envidiable, y se percibe un alto grado de afinidad y cariño entre ambos. Tanto, que Ramón no puede frenar su curiosidad y pregunta:
-Perdonen la indiscreción, pero ¿cuánto tiempo llevan ustedes
juntos?
-Pues... desde las once, más o menos...
Desconcertado por su estupidez, Ramón se distanció y comenzó a pulular a lo largo de la cubierta. Entonces tuvo oportunidad de coincidir con la hija de Philippos. La joven era muy agradable, y hablaba inglés perfectamente. Ramón la recordaba por una fotografía, junto a su hermana, ubicada sobre la mesa de su padre.

-Me alegro de conocerte.
-Gracias, yo también a ti.
-El otro día tuve ocasión de saludar a tu madre, me pareció una señora encantadora.
-Uummm... ¿mi madre? Mi madre está en Sudáfrica, y nunca ha estado en Europa. Quizá me has confundido con otra. Yo también soy profesional como el resto de fulanas en este barco.

Ramón decidió no volver a abrir su torpe boca durante al menos cinco años, avergonzado por su indiscreción y estupidez. Con una excepción: una de las prostitutas rusas resultó tener unos conocimientos musicales extraordinarios, pues era pianista clásica. La conversación resultó tan amena que el joven empresario ruso, para entonces completamente ebrio, y empeñado en vomitar en cada uno de los rincones de la cubierta, ordenó a uno de sus secuaces que informaran a Ramón sobre la misión de cada cual en este viaje. Cuando vio la pistola atomática lo comprendió a la perfección. Philippos, que había presenciado la escena, se desternillaba de risa en su sillón.

Arrivan al primer puerto. La expectación es grande, pues no se ve un navío tan impresionante todos los días. El capitán ordena lanzar un cabo a tierra, con tan mala fortuna que golpea a un espectador en la cara. Empieza a sangrar. De nuevo sólo se escucha la risa burlona de XXL. Una vez hubieron desembarcado, Ramón se apresuró para comprar algo de ropa informal, pues, hasta entonces, no había hecho más que el ridículo.

El crucero se alargó durante cuatro días más. La rutina volvería a ser la misma: el joven pasaría el día bebiendo, y la noche acompañado de cuatro muchachas; el alcalde, disfrutando de los "placeres conyugales", y reuniéndose esporádicamente con Philippos; el banquero, contando a Ramón historias sobre el sistema financiero, ahora en manos de impresentables mafiosos que se habían enriquecido extraordinariamente vendiendo el patrimonio de la extinta Unión Soviética –especialmente el militar-, y éste, a su vez, intentando no hablar con nadie y deseando que el fin del partido llegara pronto.

Como ambos jefes habían pactado, los negocios se aplazarían hasta el fin del crucero.
El viaje toca a su fin. Con Atenas ya a la vista, se escucha un ruido ensordecedor. Enseguida todos pueden ver cómo el helicóptero levanta el vuelo y se aleja. Philippos se ha marchado...

-¿Dónde Philip? Todos preguntan a Ramón.
-No se preocupen, amigos. Tengo entendido que su reunión tendrá lugar en el puerto, una vez atraquemos. Quizá quiera asegurarse de que todo esté bien organizado.


Todos disfrutan de las últimas horas abordo. Excepto Ramón, que aún no conoce muy bien a su jefe, pero podría esperar cualquier cosa de él.
El barco atraca. Todos los protagonistas ocupan ya una silla alrededor de la mesa de juntas del yate. A medida que va pasando el tiempo, el mafioso ruso se va volviendo más agresivo y colérico. De vez en cuando grita órdenes a sus escoltas. Finalmente todo se vuelve contra Ramón, único componente del bando contrario. No sabe qué más excusas poner. Empezaba a pensar que Philippos había visto algo inconveniente en esta potencial asociación, y no volvería nunca...


Toda su vida había soñado con gente así, con la esperanza de no encontrarla.

Unas horas más tarde la situación es insostenible. Los guardaespaldas ya no ocultan sus armas, el mafioso vuelve a estar completamente ebrio, las fulanas, atemorizadas, han cambiado de cubierta, y el banquero intenta tranquilizar a todo el mundo. El alcalde se había marchado muy discretamente, sin su mujer, nada más atracar en el Pireo.
En el muelle, a unos cientos de metros, Ramón observa cómo el choffeur de XXL se dispone a cambiar una rueda de la limusina, aparentemente pinchada. Sólo habla griego, pero Ramón le grita que no se preocupe, que enseguida estará allí echándole una mano. Mirando a los gorilas, Ramón sonríe, mientras dice: "Eso es lo que ocurre cuando se tienen empleados de confianza desde hace cuarenta años; ya ni se tiene en pie el pobre viejo". Decididamente, no fue tan buena idea, pues temía que algún matón de buena fe se uniera a él en la operación rueda pinchada. No fue así.

Ramón desembarcó; se dirigió a la limusina; hizo que bromeaba y charlaba con el viejo; se introdujo en el vehículo; salió por la puerta opuesta; entró en una cafetería; buscó la puerta trasera; se subió a un taxi;... y nunca más quiso saber de aquel infierno de matones y fulanas.


El gordo le estaba esperando en su hotel. Ramón le dice: "... ¿Que cómo acabó? ¿Bromeas? Escapé como pude ¿No te preocupa tu nuevo yate? Philippo, hablaban de liquidarte. Están muy ofendidos. Ten cuidado".

XXL no podía parar de reír.


Durante los dos años siguientes Ramón comprobaría, en demasiadas ocasiones, que estas cosas divertían muchísimo a Philippos.
El también aprendió a disfrutar de ello.



jueves, 4 de diciembre de 2008

Aprendiendo a ser IM -II-


Europa del Este y Cárpatos


Ayer mi chica leyó mi entrada anterior. Después dijo: "¿Por qué no contaste la de Polonia? -Pues porque fueron mis primeras salidas, y no tienen ningún interés. –No, esas no,... ¡la última!. –¡Aaahh! Bueno, dado que el doctor Alonso me ha prescrito que vuelva a escribir sobre el monte, mañana, si tengo tiempo, me pongo a ello".

Año 2002. Ya hace 16 meses que he dejado el alpinismo. Lo echo de menos, pero, debo admitir, ni es un deporte para la familia, ni es tan seguro como yo pensaba que era. Alejandra tiene ya unos meses. Tras una nueva temporada en dique seco, vuelvo a pasar por el gimnasio, y a montar en BTT.

Ni siquiera entonces podía soportar la pérdida de tiempo que suponen los fines de semana, a muchos kilómetros de casa, por motivos laborales. A menos que uno sepa organizarse bien...

Preparo minuciosamente mi ruta de visitas: reservo el viernes para Moravia, en la República Checa, y el lunes para los clientes al sur de Polonia. Sábado y domingo: Swinica

Swinica, en el centro, y mi ruta de descenso

Swinica -pronunciado "Shvinitsa"- no es una montaña alta (2.301m.) pero sí muy "alpina", debido al clima extremo de los Cárpatos, concretamente, los Tatra. Varias estaciones de esquí facilitan la aproximación, y una vez en su arista NE (Vía Normal), no hay más que trepar, es decir, que la escalada no supera el Segundo Grado, excepto en placas de mayor dificultad, en las cuales se pueden encontrar estacas de acero y cadenas de seguridad (al igual que en algunas zonas de la Via Normal al Mont Blanc, o al Cervino). No llevo "hardware". Tan sólo una buena chaqueta técnica, por la lluvia, y un par de buenos polares, por las posibles bajadas de cero de la temperatura; pantalón de escalar, cinturón porta-bidones y mini-botiquín; palos de esquí, y botas flexibles, para treking, aunque con buena membrana impermeable.

A las 16 horas he terminado mi reunión en Bielsko Biala. Tiro la chaqueta y la corbata al maletero del coche y... ¡empieza la fiesta!
Llego a Zakopane, la única estación de deportes de invierno de Polonia, me registro en el hotel y bajo a cenar, mapa en mano, con el fin de decidir dónde dejar el coche, y qué senderos de aproximación tomar. Pregunto a los camareros, pero me toman por loco, como de costumbre. No tiene pérdida. La montaña se ve durante toda la subida, y yo soy un as con un mapa y una brújula... como más tarde se demostrará.

A las 5 a.m. estoy listo para salir. Cae aguanieve, así que arriba debe estar precioso. Me dirijo al lugar donde dejaré el coche, a unos cinco km. de allí, junto a la pista forestal y el sendero. Serán unos 20 km. hasta la arista cimera.

No hay mucho que contar. Es muy bonito, una especie de Ordesa, más bajo, pero más extremo. La membrana impermeable de las botas es cojonuda, pero como los pantalones están calados, el agua resbala hasta el interior de éstas. Je, je: primer fallo.

A las 10 a.m. ya estoy en la arista. Es bonita, pero hay bastante gente, y parte del espíritu montañero desaparece debido a la mala educación de la mayoría de los presentes. Entre la nieve, la gente "aliviándose", y el agua dentro de mis botas, no disfruto mucho de la experiencia. No llevo cámara de fotos. Paso un par de minutos en la cima (os pongo una foto de la vista desde la cima, hacia el sur),


vacío las botas de agua y me dispongo a bajar. Si soy sincero, creo que hasta me fumé un cigarrito que me ofreció un polaco que por allí pululaba, tan vicioso como yo aprendía a ser.

Una vez perdido el interés por la jornada, me uno a un grupo que comienza a descender. Algo no va bien: los bidones de agua están vacíos, y las botas vuelven a estar llenas. Me descentro, pensando en cuándo podré comprar agua, o incluso comer. Entonces me doy cuenta de que la gente que me precede no va hacia Zakopane, sino hacia el sur. No pasa nada. Unos kilómetros más abajo veo un albergue. Aprovecharé para pasar por boxes, y luego tomaré el camino adecuado.

¡Cómo se pierde la forma! Llego exhausto al albergue. Como y bebo bien, compro unas chocolatinas y vuelvo al tajo. Ando, y ando, y ando, hasta que anochece. Por supuesto, no llevo luz frontal. ¡Qué gilipollas soy! En lugar de darme la vuelta cuando supe que me había equivocado de arista, seguí liándola más y más. Sólo porque se trataba de una mierda de escalada, no debí haber estado tan distraído.

No hay luna. No veo absolutamente nada, pero sigo andando (hay que seguir tomando decisiones, aunque sean equivocadas, especialmente cuando uno continúa tiritando después de varias horas). ¡Biiiinnggoo! ¡Una carretera! ¡Civilización!

Veo unas personas esperando el autobús, me dirijo a ellos y les pregunto por la mejor forma de ir a Zakopane. ¡No me entienden! Me contestan: "¿Zakopane Polska?" Claro, cojones, no va a ser Zakopane Albacete, caguentó. "To niet Polsku". Joder,... ¿qué dialecto hablan estos, que no me entienden? Sigo andando. Veo gente de nuevo: "Przepraszam,...." "To niet Polsku, to niet Polsku". Mi hoy infrautilizado cerebro empieza a pensar, y pregunto: "¿Alguien habla polaco por aquí?". Sólo me faltaba una cosa por preguntar... pero sólo sé decir en eslovaco: "otra cerveza, por favor".

Bien... Tengo 50 zlotyes en el bolsillo, no tengo pasaporte y he cruzado la frontera polaco-eslovaca sin enterarme (excuso decir que ninguno de los dos países pertenecía por entonces a la U.E.). ¡Venga, hostias, muévete y empieza a disparar los últimos cartuchos, que esto se lía, o te mueres de hipotermia, capullo!, pensaba el autor.

Todas las lenguas eslavas se parecen algo, especialmente el polaco y el eslovaco, así que empecé a hablar con todo el mundo, a ver si alguien se apiadaba de mí y encontraba una solución. Tres de ellos me enviaron a una parada de autobús, pero la puta parada no aparecía por ningún lado. Me estaba desesperando, ya que la ayuda que supuestamente recibía, se desvanecía inmediatamente. Sigo intentándolo, aunque con ganas de tirarme de los pelos, o de los de mi interlocutor (se cuenta rápido, pero seguía bajo la lluvia, coincidiendo con alguien cada 30 o 40 minutos).

Allí me quedé, en la puta, jodida, y cabrona parada de autobús imaginaria, partiéndome los dientes de tanto tiritar. Llegan dos mujeres, y cuando les voy a preguntar si estamos en la puta, jodida, y cabrona parada de autobús imaginaria me dicen: "ssshhhh". Pues vale...

Las señoras se dirigen al bosque, y yo con ellas. Mejor que me asesine mi mujer cuando me vea, que morir de frío en una puta, jodida, y cabrona parada de autobús imaginaria. Oscuridad absoluta, he elegido la mejor noche para conocer Eslovaquia, por los cojones.

Llega un pequeño autobús, con los faros apagados. Las dos señoras suben a éste, y yo doy por inaugurado mi night-show, poniendo tanto caras de pena, como del gilipollas que soy, y en absoluto agresivo. El conductor se apea, va vestido de negro integral, y mide al menos dos metros y medio. Mirando hacia arriba, le digo en voz dulce y queda: "Zakopane, prosim" "Zakopane, prosim" "50 zlotych". -"!NOO SLOTYCH!, ladra simpáticamente. Sigo intentándolo: "Zegarek Suunto, very good, very good" –¡NOO ZEGAREK SUUNTO!

El autobús se dispone a salir, y yo me subo de un salto al asiento del acompañante del conductor, esperando que me salten los dientes de un momento a otro. Miro para atrás, veo que las señoras ya no están, y el conductor me hace un gesto, que entiendo a la perfección, sobre la próxima vez que mire hacia atrás. Está loco. Conduce sin luces, sobre nieve, en la noche más cerrada que he visto en mi vida. Tomamos una curva y el autobús derrapa, aunque no es lo que más me preocupa en este instante. Unos metros más adelante se detiene, da una orden y unos cuarenta tíos se levantan del suelo, salen y se disponen a empujar. Yo hago lo propio, pero el chofer me agarra de una pierna y no me deja abandonar el asiento. Ya no sé qué pensar. No ha querido el poco dinero que llevo, ha rechazado mi reloj, me ha "permitido" subir... pero no me deja moverme de aquí, ¿Qué sentido tiene? Estos ex comunistas creen que todos los occidentales somos ricos ¿Tal vez el secuestro?...

Mis compis de viaje se aproximan a la puerta. Veo sus caras por primera vez, así como sus cintos, o abultadas cazadoras. Ahora comprendo por qué George Bush no encontró las armas de destrucción masiva. Están todas aquí. Ya no es necesario que nadie me diga que no vuelva a mirar atrás. Qué efímera y relativa puede ser la vida. Mis padres me la dieron, y sé de unos cuántos que se jugarían a los chinos quitármela. Y precisamente están justo detrás de mí. Ya no hay duda: estoy en un autobús con criminales clandestinos que quieren cruzar la frontera, y están dispuestos a utilizar la fuerza para conseguirlo.

Eso "me tranquiliza", pues lo último que querrán es hacer ruido para acabar conmigo y echar a perder sus planes. Miro autómatamente a través del parabrisas. No veo nada, lo cual es mucho mejor que mirar en cualquiera otra dirección. Paramos de nuevo. Veo una barrera y sonrío al policía del control. El no me devuelve la sonrisa, simplemente recibe un sobre, levanta la barrera,... y estamos en Polonia.

Miles de horas más tarde, o así lo percibí, el autobús volvió a parar. Esto es increíble. El hijo de puta había entendido todo lo que le había contado sobre mi problema, y la ubicación de mi coche. Seguro que era un polaco, y de Zakopane. Aquí estábamos, a cincuenta metros del coche, mientras muchas preguntas asaltaban mi exhausto cerebro: ¿por qué este corrupto de mierda no ha querido nada mío? ¿Por qué me ha traído, si es que "me ha traído" hasta aquí? Sabe que le puedo reconocer perfectamente. Algunos de los de atrás también. Abre la puerta. Doy las gracias sin mirar, e inicio el camino más largo de mi vida...

... No espero que hagan nada que pueda delatarles, pero sostengo cada latido de mi corazón esperando que me puedan lanzar algo por la espalda. La boca me arde y no puedo respirar. Ya estoy fuera de tiro, pero podría dar marcha atrás e intentar atropellarme, entonces salto la calzada hacia el valle, corro despavorido unos metros, arañándome con todas las ramas que encuentro a mi paso. Oigo el autobús alejarse, paro, me desplomo, grito, y no puedo evitar derrumbarme por tanta tensión acumulada.


Mi eterno agradecimiento al anónimo conductor del autobús.

MORALEJA: ¡¡¡Como pille al hijoputa que me dijo que la media montaña no es peligrosa...!!!

NOTA DEL AUTOR: Aunque algún detalle se me ha podido escapar, he intentado contar estas dos últimas entradas tal y como sucedieron. Obviamente, el paso de los años podría cambiar la percepción de lo sucedido, pero no los hechos en sí.