P.D.: El fotógrafo, deprimido, se quitó la vida unos meses más tarde...
El autor, el tito Elías, y el primo Rubén
Me hace ilusión formar parte de una cordada, por primera vez. El objetivo: el Monte Perdido. No es técnicamente complicado, pero implica una buena dosis de resistencia,... y precaución, como siempre.
Quedamos citados, en Salou, el primero de junio de 2000.
Recuerdo cómo me impactó mi primera ascensión, en teleférico, a la Aiguille du Midi, en el Macizo del Mont Blanc.
La Aiguille du Midi (cafetería en la cumbre)
Mis padres me llevaron. Yo tenía nueve años, y desde entonces cada una de aquellas imágenes, mezcla de frío, vértigo y belleza, quedarían grabadas en mi memoria: una cafetería a 3.800 m, cuya ascensión supera los 2.800 m de desnivel, desde Chamonix; un mirador justo enfrente del Mont Blanc, con vistas a casi todas las míticas cimas de los Alpes, sobre cuyos nombres e historias me había instruido mi padre: el Cervino, el Monte Rosa, el Maudit, los Grandes Jurasses... .
La vertiente Brenva del Mont Blanc, desde la Aiguille verte
Mi admiración por aquellos alpinistas me impulsaba a soñar con intentarlo alguna vez. Durante los siguientes 20 años volví a tomar el teleférico de los sueños en varias ocasiones. Las mismas emociones retornaban una y otra vez. ¿Por qué ellos sí, y yo no? ¿Qué requisitos son necesarios para disfrutar del paraíso en vida? ¿Dónde se estudia alpinismo?
Jon Krakauer tuvo la culpa. Las sinopsis de su libro "Into thin air. Everest 1996", y la casualidad de encontrarlo en un aeropuerto cualquiera fueron el detonante. Tras iniciar su lectura en una sala de espera, doblé una esquina de la página, cerré el libro, me incorporé, busqué la papelera más cercana, me dirigí hasta ella, saqué mi paquete de cigarrillos del bolsillo, y lo encesté. La montaña me llamaba, y ya había escuchado su señal. Al día siguiente busqué rocódromos en cada una de mis ciudades: Bruselas, Varsovia, y Praga. También compré todos los libros sobre técnica, nudos, orientación, etc. que encontré, así como parte del material necesario.
Llegué a Salou el día anterior a nuestra cita. Revisamos el material, ultimamos detalles y nos acostamos pronto, pues debíamos encontrarnos con Eduardo sobre las cinco de la mañana. Iríamos en mi todo terreno (donde solía llevar toneladas de equipo de montaña, una bicicleta TT; así como mis muestras de azulejos TAU CERAMICA, y un portatrajes, con el fin de poder financiar tanta devoción).
El "Michubichi" montañero
Conozco al último miembro del equipo y nos apresuramos para salir hacia el Pirineo. Vaya,... el coche no arranca. Empezamos bien. Es demasiado temprano y no hay ningún taller abierto. A las 8 a.m. conseguimos hablar con la Michubichi, nos dicen que al coche se le debe haber descodificado la llave, mandan a un técnico y asunto solucionado. Está en garantía, pero hemos perdido cuatro horas.
Cambio de planes. Ya no tenemos prisa: llegaremos al aparcamiento de Ordesa y ascenderemos hasta el refugio de Goritz, a 2.160 m. La aproximación, más que preciosa, es acojonante. Sobre las 8 p.m. estamos allí. Habíamos querido evitar las aglomeraciones de julio y agosto. A pesar de ser 1 de junio, el refugio estaba abarrotado. Aunque llevábamos una tienda, la Guardia Civil pasaba por allí constantemente y prohibía acampar. Más tarde descubriría los problemas del montañismo en grupo: ¡otiá, deja ya de roncar!¡que yo no soy, tío!¡Caguentó, callarse ya! Total, que nos hartamos y nos fuimos a dormir al hotel de las mil y una estrellas –yo con mi inexpugnable funda de vivac de triple Gore-Tex-.
Perdonen que no me levante
Sobre las 6 a.m. desayunamos. Dejamos parte de los equipos en las taquillas y nos vamos para arriba. El día es magnífico,... hasta que pasamos la figurada barrera de los 3.000 metros, justo entre dos de las Tres Sorores: el Cilindro de Marboré (3,328 m) y el Monte Perdido (3359 m). Tras aprovechar para comer, nos calzamos los crampones, ya que aún está muy cargadito de nieve y hielo, y nos disponemos a buscar la arista cimera, momento en el cual Eduardo –experimentado montañero- se empecina en que está a punto de caer un tormentón y debemos dar la vuelta e iniciar la bajada hasta el refugio. En mi modesta opinión, siempre se debe hacer caso al más prudente. Además, por muchos soles que ponga el hombre del tiempo, en los macizos montañosos, especialmente en verano, por la tarde, se forman tormentas eléctricas en unos minutos, y luego pasa lo que pasa. ¡Tos pabajo! (recuerdo esperas interminables, sentado sobre una mochila aislante, alejado de la pared, y con todo mi material metálico depositado a muchos metros de mí: con los rayos no se juega).
Con mal sabor de boca, pero aún disfrutando, bajamos hasta Goritz. Tomamos unas cervecitas –los más mariquitas, sin alcohol-, cenamos, preparamos nuestras verdes moradas, un pis, y a dormir.
Al día siguiente descendimos hasta el aparcamiento, de nuevo disfrutando de los inmensos valles pirenaicos. Una vez en el coche, nos pusimos cómodos, guardamos la basura, con el fin de tirarla en un contenedor bien grande, y bien lejos del monte, y nos pusimos en marcha. Paramos a comer, y unas horas más tarde estábamos de nuevo en Salou. Me equivoqué: la compañía, inmejorable, y Pirineos, una maravilla.
Con mis tíos me encuentro como en casa. Unas horas después de nuestro regreso ya estaba relajado, tomando cervecitas y contando anécdotas del viaje. Lo extraño es que algo seguía acosando mis oídos. Eran señales, como canto de sirenas, o más bien Yetis. Me estaba agobiando un poco.
-Tíos, me voy
-¿Cómo que te vas? ¿Y dónde te vas?
-Pal monte
-¿Es que se te ha olvidado algo?
-Sí,... ¡tengo que subir el Mont Blanc en verano!
Gaston Rebufat, haciendo de las suyas, frente al Mont Blanc
Seguía con síndrome de abstinencia. No era por no haber hecho cima. Tal vez fuera por los miles de estudiantes en viaje de fin de curso que habíamos encontrado en Ordesa. Quería sentir frío en la nariz. Quería glaciares. Quería disfrutar de la soledad, aún más cerca del cielo...
Ya en Francia, paré a dormir, aunque no mucho. Ella me estaba esperando, de nuevo, tan inmaculada y tan bella como siempre.
Sobre las 2 p.m. llegué a Chamonix. Como tenía la tienda que habíamos llevado a Pirineos, me registré en un camping y la monté. Después di un paseo hasta el pueblo, a fin de comprar cervezas, y averiguar algo sobre el pronóstico del tiempo para toda la semana. Luego decidiría cuántos días descansar antes de subir.
¡Maldita sea! borrasca dentro de dos días. Se esperan vientos huracanados, lluvia, y nieve en las alturas...
... Cojo la mochila de ataque, introduzco unas barritas energéticas, algo de abrigo adicional, una pequeña cuerda para autorrescates imposibles, y una botella grande de agua. Me visto de guerrillero, arnés incluido, para no poner las cosas difíciles a nadie en caso de emergencia, y cuelgo una isotónica a la mochila. Después me dirijo a la estación de tren.
El Mont Blanc (4.810 m.) es una gran montaña. De hecho, desde su base, hasta la cima, es más alta que el Monte Everest. Por supuesto que la altitud sobre el nivel del mar hace que ambas montañas sean incomparables, debido al clima extremo, la escasez de oxigeno, y la práctica imposibilidad de ser rescatado a más de 6.000 metros. La ascensión a la cima, por la Vía Normal, no presenta apenas dificultades, aunque un brusco cambio del tiempo, o una imprudencia, pueden convertir la aventura en un infierno. No es apta para novatos, aunque no es necesario ser un experto. En mi opinión, subir y bajar en un solo día podría compararse con el esfuerzo realizado para terminar un IRONMAN de los más duros, en menos de 10 horas. Claro que yendo tan rápido resultaría extremadamente peligroso. Una ascensión en dos jornadas podría compararse con un maratón. Por lo tanto, no está ni mucho menos indicado para personas mal entrenadas, pero puede ser asumido por cualquier amante de la montaña, en buenas condiciones físicas.
La mejor forma de trasladarse desde Chamonix hasta el sendero que conduce a la vía normal es mediante el tren de cremallera que llega al Nid d’Aigle. Desde allí, una buena senda, de unos 20 km. asciende hasta el refugio Tete Rousse (3.167 m).
El vagón está lleno de montañeros. Aunque no son colegiales en viaje de fin de curso, decido no seguirlos. Unos kilómetros más tarde, me dispongo a subir por el Glacier Bionnassay: ¡Que empiece el show! La ascensión es alpina, y ¡ya tengo la nariz fría!
He tardado hasta el refugio al menos tres horas más que si hubiera ido junto al resto de los colegas –unas siete-, pero ya estoy aquí. Está lleno, pero me dejan dormir debajo de una mesa. El único inconveniente es que tengo que esperar hasta que todos se acuesten.
Frente a la Aiguille de Gouter, 800 m de trepe y caídas de piedras
No me preocupa, pues quiero dividir la ascensión en dos días, con el fin de recuperarme de los últimos cinco días de esfuerzo y kilómetros de coche. Esta gente querrá levantarse pronto, ya que el corredor situado junto a la arista que sube la Aiguille du Gouter se convierte en una ducha de piedras a medida que suben la gente y la temperatura.
La gente es muy desconsiderada y, una vez despierta, no respeta el sueño de los demás (¡Dios, cómo echo de menos mis solitarias ascensiones invernales!), en virtud de lo cual, decido desayunar, prepararme y salir a echar un vistazo, antes de tomar decisiones. Son las 4 a.m.
Ya se ven hileras de luces frontales a lo largo de la arista, así que decido poner manos a la obra antes de que suban las temperaturas y las piedras se vayan soltando con más facilidad. Recojo mis cosas, enciendo el frontal, y, muy especialmente, me pongo el casco.
Desde el refugio hasta la arista hay que subir unos 200 m, en diagonal, a través del glaciar Tette Rousse. No es necesario tomar muchas precauciones, simplemente pasar rápido los grandes corredores, pues si te cae una gran piedra desde 700 m. de altura poco puedes hacer. Son como misiles. De noche, incluso saltan chispas cuando van impactando otras rocas de camino al llano más próximo. Una de ellas decidió parar con mi pierna. Afortunadamente no estaba apoyada, así que me dio un hostión, pero no llegó a mayores.
Media hora más tarde ya estaba subiendo la Aiguille du Gouter. Se trata de una de las partes más "técnicas" de la ascensión, ya que es todo roca, con un desnivel de 800 m., sólo trepar, excepto algunas placas más complicadas, donde se encuentran ayudas artificiales, como cadenas, o estacas de acero. En una de ellas tuve un encuentro con un guía.
Aiguille du Gouter, después de hacer amistad con el guía (abajo, el Glacier Bionnassay).
Los guías de Chamonix son legendarios, tanto, que creen que las montañas les pertenecen, así que solamente ellos, y quienquiera que les pague, tienen derecho a disfrutar. Encontrarse con un listo que se adentra solo en sus dominios es una provocación que no puede salir gratis. En esta ocasión, dejé que su cliente, encordado a él, me adelantara tranquilamente. Lógicamente, enseguida le tocó encontrarse cara a cara conmigo, le saludé, e hizo como que me ignoraba, aunque no fue así. El muy hijo de puta me dio un punterazo en pleno empeine que casi me hizo perder el conocimiento –lo cual habría resultado fatal en aquel preciso lugar-. Este pardillo de ciudad se cree que se ha ahorrado el sueldo de su guía, pero se va a enterar cuando tenga que pagar la factura del rescate aéreo, debió pensar.
Espero unos minutos apoyado contra la pared de roca, luego intento mover el pie en pequeños círculos. Bien, parece ser que la caña alta de la bota ha absorbido parte de la fuerza de la patada y no ha dañado ningún hueso.
El refugio Gouter, a la izquierda -parecen rocas-, sobre la aguja.
Sobre las 9 a.m. ya estoy en el refugio Gouter (3.835 m.), justo en la cima de la aguja. Vuelvo a desayunar. Luego salgo al exterior a ver las condiciones de la cima, y tomar las consiguientes decisiones.¡Uufff! ya se puede ver volar la nieve arrastrada por la ventisca. Consecuencia: ya descansaré mañana.
Desde aquí hasta la cima se trata de andar cuesta arriba por nieve (unos 1.000 m. de desnivel).
La Dome du Gouter
Las magnitudes son enormes. Tardo un par de horas en cruzar la espalda de nieve y el glaciar de la Dome du Gouter (con 500 m. de subida), una colina redondita a medio camino de la cima. Ya me cruzo con mucha gente: unos retornan de la cumbre, otros han decidido darse la vuelta, pues la ventisca arrecia. Como soy muy precavido, paso a ver en que condiciones se encuentra el refugio Vallot (4.362 m.). Se trata de una pequeña cabaña, en forma de sauna, que tiene el orgullo de ser la construcción más alta de Europa, y de haber salvado miles de vidas. Una pareja de montañeros descansa en su interior.

Sobre la Dome, luego se desciende algo, y para arriba
Desde Vallot hay que bajar unos cientos de metros y desviarse bastante hacia la derecha, con el fin de iniciar la última subida, por Les Bosses. Me cruzo con un único montañero que desciende, y le pregunto por las condiciones que ha encontrado. No responde nada. No hace ningún gesto. Parece un zombie.
Continúo por la arista, cada vez más estrecha e inclinada. El viento me hace perder la posición en dos ocasiones.
Gran huella, en la arista Les Bosses (no soy yo, pero se ve bien la zona rocosa que me salvó de volar con Alitalia)
Dos lomas de nieve me preceden, son las Bosses (4.547 m.), nada que ver con Bruce Springsteen. No hay más que seguir la huella marcada por las decenas de montañeros que han hecho cima durante estos días de buen tiempo. Llego a la Tournette (4.677 m.). La arista es afiladísma, y el viento, huracanado. Pruebo a sentarme en el suelo, a fin de comprobar si la fuerza del viento seguía siendo insoportable. Grave error: en cuanto el pantalón liso contacta con el hielo, la fuerza del viento me dispara contra las únicas rocas que habían a mi derecha. No ha sido nada, pero permanezco inerte, al menos hasta que mis pulsaciones bajan de doscientas. Avanzo unos pasos más. Ahora la arista es tan aérea, que un montañero solitario sólo podría cruzarla con un pie en Francia, y el otro en Italia, es decir, que se trata de una frontera cojonuda (por cierto, cubiertos por el mismo liso pantalón que hace unos momentos me había querido enviar a Italia). La caída sería de más de 3.000 metros. Suponiendo que consiguiera cruzar, un paseo de trescientos metros me dejaría volver a ver esa vista tan extraña, cuyos horizontes se encuentran todos más abajo. Después debería volver a cruzar la arista. Creo que hasta dejé caer alguna lágrima. Orgulloso de mi decisión, giré sobre mis pasos, e inicié el descenso. Sin bajar la guardia.
Punto de retorno, en Les Bosses, a unos pasos de la cima
Cuatro horas más tarde, sin prisas, vuelvo a encontrarme en el refugio Gouter, donde paso la noche.
Por la mañana, después de desayunar, continúo descendiendo. Ponerme las botas es un suplicio, pues se me ha hinchado el pie, victima del encuentro con el puto guía. Si salvar 800 metros de desnivel trepando puede resultar pesado, descenderlos, mientras nieva, no tiene ninguna gracia, especialmente porque no ves donde conviene pisar. El tiempo es tan malo que ya no sube nadie, y somos muy pocos los que descendemos.
Al pie de la Aiguille du Gouter toca dirigirse hacia la senda que lleva hasta la estación del tren de cremallera. Me encuentro con un dilema: tomar un sendero, durante 20 km., con botas de alta montaña, y un pie que grita socorro; o volver al glaciar y descender por nieve y hielo.
El glaciar está peligroso. Estos días ha hecho calor, por lo cual, dos mil metros más abajo de la cumbre, los puentes de las grietas se han abierto.
Eso no es negativo, ya que permite ver por dónde conviene no pasar. Lo malo es que la nevada estaba volviendo a ocultar las grietas, por supuesto, sin la capacidad de soportar el peso de una persona. El camino se hace largo, pues hay que andar en zig-zag, sorteando grietas.
Llego a una zona llana, sin peligro aparente, aunque sigo tanteando con el palo antes de dar pasos en falso. Un momento de descuido y siento cómo mi pie atraviesa una fina capa de nieve y toca el vacío. ¡Hostiás, tío! Pierdo el equilibrio. Voy a empezar a caer. Consigo flexionar la pierna que aún toca suelo firme y la extiendo con todas mis fuerzas, como intentando saltar un vacío de indeterminada longitud. ... También se hunde. ... Se acabó. Joder, tío. Vaya mierda ¿no? Aunque no muera en la caída, jamás podré salir de aquí sin ayuda. Sólo llevo un piolet. Bueno, qué más da, estas grietas pueden tener cientos de metros de profundidad. Lo he pasado bien. He sido feliz...
¡¡¡Ja, ja, ja, ja, ja...!!! ¡Tengo ambos pies en el vacío, pero estoy sentado! ¡Esto no estaba en el guión, pero bienvenido sea! ¡Han sido ellos, mis cuatro evangelistas: Pablo, Juan, Jorge & Ringo!
Dedico unos minutos a decidir la mejor dirección de salida, así como a volver a dejar bajar las pulsaciones hasta un nivel relativamente humano. He perdido un palo en "la caída", pero utilizo el otro para asegurarme de que el siguiente apoyo va a ser seguro. Sigo utilizando técnicas de equitación, a caballito sobre el "puente de Ramón", mi puente. He tenido bastante. Salgo del glaciar y atravieso la morrena, en dirección a la estación de tren. El pie me duele mucho, aunque no horrores, pues el horror es otra cosa, muy diferente y muy reciente.
Tercer horror del día: ¡en la estación no tienen cerveza! Pues entonces me voy. Y juro no volver a pisar una montaña... al menos hasta el próximo fin de semana.

-Llegas tarde, Juanito. Dijo babeando mientras golpeaba su hombro.
-Encantado de conocerle. Mi nombre es Ramón.
-Eso era antes. Tengo un equipo de fútbol. El entrenador se llama Juan Ramón Rocha. Le llamo Juanito. Así que tú también serás Juanito, "EL MEXICANO".
-Fui contratado para desplazarme a Chile, ¿ha habido cambio de planes?
-Preguntas mucho, muchacho. Mañana sales para México, y ahora vendrás conmigo.
-Perdón, debo volver a Madrid, al menos a por mi equipaje.
-No vuelvas a hablarme de operaciones. Sólo quiero conocer
conclusiones.

-Muchacho, tú debes ser Juanito ¿me eqivoco?
-No, digo..., sí..., no, no es así; mi nombre es Ramón Doval.
-Pues para mí como si te llamas Oliver Twist. Eres demasiado joven para trabajar con nosotros.
-Ese no es mi problema.Ustedes seleccionen a quien quieran, pero a mí no me dejen tirado en México, que se supone que salgo mañana para allá.
-¡Ah, demonios, tú eres el mexicano! ¡Qué torpeza la mía! Te había confundido con otro tipo. Bueno, creo que tienes algo que no te pertenece ¿no lo habrás tocado?
-Se vuelve a equivocar, amigo. Si fuera un ladrón, no estaríamos hablando de unos miles de dólares.
-Hola Danai, me acaba de llamar el jefe pidiéndome que vuelva a Atenas, ¿sabes algo de esto?
-No, no sé nada del tema, pero más te vale coger el primer avión. ¿Quieres que pase a recogerte?
-¡Diablos! Pero,... ¿he cometido algún error? ¿Sabes de algún posible motivo? Además, ¡son las cuatro de la mañana!
-¿Te gusta mi nuevo yate, Juanito?
-Impresionante, Philippo, tienes un gusto excelente.
-¿Te gusta mi nuevo yate, Juanito?
-Evidentemente, es una maravilla.
-¿Te gusta mi nuevo yate, Juanito?...



-Perdonen la indiscreción, pero ¿cuánto tiempo llevan ustedes
juntos?-Pues... desde las once, más o menos...
-Me alegro de conocerte.
-Gracias, yo también a ti.
-El otro día tuve ocasión de saludar a tu madre, me pareció una señora encantadora.
-Uummm... ¿mi madre? Mi madre está en Sudáfrica, y nunca ha estado en Europa. Quizá me has confundido con otra. Yo también soy profesional como el resto de fulanas en este barco.

-¿Dónde Philip? Todos preguntan a Ramón.
-No se preocupen, amigos. Tengo entendido que su reunión tendrá lugar en el puerto, una vez atraquemos. Quizá quiera asegurarse de que todo esté bien organizado.
Swinica, en el centro, y mi ruta de descenso
Swinica -pronunciado "Shvinitsa"- no es una montaña alta (2.301m.) pero sí muy "alpina", debido al clima extremo de los Cárpatos, concretamente, los Tatra. Varias estaciones de esquí facilitan la aproximación, y una vez en su arista NE (Vía Normal), no hay más que trepar, es decir, que la escalada no supera el Segundo Grado, excepto en placas de mayor dificultad, en las cuales se pueden encontrar estacas de acero y cadenas de seguridad (al igual que en algunas zonas de la Via Normal al Mont Blanc, o al Cervino). No llevo "hardware". Tan sólo una buena chaqueta técnica, por la lluvia, y un par de buenos polares, por las posibles bajadas de cero de la temperatura; pantalón de escalar, cinturón porta-bidones y mini-botiquín; palos de esquí, y botas flexibles, para treking, aunque con buena membrana impermeable.
A las 16 horas he terminado mi reunión en Bielsko Biala. Tiro la chaqueta y la corbata al maletero del coche y... ¡empieza la fiesta!
Llego a Zakopane, la única estación de deportes de invierno de Polonia, me registro en el hotel y bajo a cenar, mapa en mano, con el fin de decidir dónde dejar el coche, y qué senderos de aproximación tomar. Pregunto a los camareros, pero me toman por loco, como de costumbre. No tiene pérdida. La montaña se ve durante toda la subida, y yo soy un as con un mapa y una brújula... como más tarde se demostrará.
A las 5 a.m. estoy listo para salir. Cae aguanieve, así que arriba debe estar precioso. Me dirijo al lugar donde dejaré el coche, a unos cinco km. de allí, junto a la pista forestal y el sendero. Serán unos 20 km. hasta la arista cimera.
No hay mucho que contar. Es muy bonito, una especie de Ordesa, más bajo, pero más extremo. La membrana impermeable de las botas es cojonuda, pero como los pantalones están calados, el agua resbala hasta el interior de éstas. Je, je: primer fallo.
A las 10 a.m. ya estoy en la arista. Es bonita, pero hay bastante gente, y parte del espíritu montañero desaparece debido a la mala educación de la mayoría de los presentes. Entre la nieve, la gente "aliviándose", y el agua dentro de mis botas, no disfruto mucho de la experiencia. No llevo cámara de fotos. Paso un par de minutos en la cima (os pongo una foto de la vista desde la cima, hacia el sur),
vacío las botas de agua y me dispongo a bajar. Si soy sincero, creo que hasta me fumé un cigarrito que me ofreció un polaco que por allí pululaba, tan vicioso como yo aprendía a ser.